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10 octubre 2025

Juan Minero: el ánima que devuelve… y cobra.


Muchos en Etzatlán han oído el nombre de Juan Minero, pero pocos se atreven a decirlo en voz alta cuando cae la noche. Cuentan que fue un hombre de manos negras por el carbón y espalda dura por la pala. Algunos dicen que murió sepultado en una mina que nunca se volvió a abrir; otros, que se perdieron buscando oro en cuevas que ya no existen en los mapas. Su cuerpo jamás fue velado, y su alma quedó suelta entre peñas, veredas y jacales.


Con el paso de los años, la gente empezó a notar algo raro: lo que se perdía sin explicación regresaba sin aviso. Un arete hallado sobre la almohada, una llave colocada sobre el fogón, una carta que reaparecía en medio de un libro viejo. Nadie decía nada, pero todos sospechaban lo mismo: el ánima de Juan Minero andaba trabajando.


Un día, una mujer llamada Valeria perdió un relicario de oro que había sido de su madre. Lo buscó en el baúl, en las macetas, entre su ropa, debajo del petate. Lloró más por el recuerdo que por el objeto. Ya de madrugada, recordó lo que le había dicho su abuela:


—Si algo se te pierde sin razón, reza, pero hazlo con respeto.


Subió una vela y, con el corazón apretado, se arrodillo:


"Ánima bendita de Juan Minero, tú que encuentras lo extraviado, tiéndeme tu mano. Con tu luz de sombra, guíame lo perdido. Yo te honraré si me haces el milagro".


Al día siguiente, el relicario apareció dentro de una olla de barro, encima del nixtamal. Valeria sintió un escalofrío, pero no dudó: colocó cuatro velas encendidas, una en cada esquina del fogón donde lo halló, y rezó despacio, con voz firme, dándole las gracias tal como mandaba la tradición.


Pero no todos mostraron la misma gratitud.


Años después, un arriero llamado Severo perdió un rollo de billetes que llevaba para pagar una deuda. Nada más supo que no lo traía. Desesperado, se acordó de las historias y rezó de prisa, sin devoción ni ceremonia:


“Juan Minero, ánima que ayuda, devuélveme lo mío y quedamos a mano.”


Y sí, el dinero apareció tres días después, dentro del costal de frijol. Severo lo tomó sin dar las gracias, sin prender una vela ni murmurar una oración. Se dijo a sí mismo que bastante hacía con seguir trabajando.


Dicen que meses después, su hija menor perdió un anillo de compromiso. Nadie lo volvió a ver. Lo buscaron en la casa, en la calle, hasta en la pila de la iglesia. Rezaron, preguntaron, ofrecieron promesas… pero nada. Fue entonces cuando una vecina murmuró:


—Cuando uno no cumple el rezo de las gracias, Juan Minero no olvida. Cobra después… y cobra más caro.


Desde entonces, en Etzatlán nadie “pide” favores: se reza. Se prende la vela con fe, se habla con respeto y, cuando lo extraviado aparece, se cumple lo prometido. Porque el ánima no se enoje, dicen los viejitos, porque un favor sin pago duele más que lo perdido.


Y así se ha mantenido el pacto silencioso. Basta un rezo bien dicho y cuatro velas en las esquinas para honrar al que no descansa. Y aunque nadie se atreve a jurar, todavía hay quienes se sienten pasos detrás cuando buscan algo que no está… y rezan, antes de llamar.


Moraleja:

Lo perdido puede volver... pero la gratitud no se debe extraviar. Las ánimas ayudan, sí, pero nunca trabajan gratis.


Esta historia fue creada en base a la voz popular de antes, contaban que esto era real, se le pedía al ánima de Juan Minero, y una vez que se encontraba lo perdido, se le tenían que encender cuatro veladoras a las cuatro esquinas del lugar donde se encontró. 

29 septiembre 2025

María Monroy: la mujer que sembró la educación en Etzatlán

 

En los archivos de la historia local y en las voces de las escuelas primarias del municipio resuena el nombre de María Monroy, maestra cuyo legado ha quedado marcado en el acervo cultural educativo de la región. Aunque persisten lagunas documentales sobre su vida personal, su nombre aparece vinculado con las primeras escuelas parroquiales de Etzatlán y como referente para generaciones de estudiantes.

Orígenes y contexto histórico:

Según la Gaceta municipal de Etzatlán, en los primeros años de la educación formal en el pueblo se mencionan escuelas parroquiales bajo la conducción de profesoras como María Monroy, María del Refugio Pacheco y María Montoya, entre otras. Esto sugiere que la maestra Monroy habría trabajado en tiempos en que la educación primaria estaba aún organizada bajo esquemas eclesiásticos o con fuerte participación de la iglesia local, en etapas tempranas del sistema educativo formal en Etzatlán.

Leyenda: "El recado de maría Monroy", por Enrique Parra Ron.

Era el final de los años cuarenta cuando Irma Tapia se dispuso a dejar Guadalajara. Su destino: Etzatlán. En esa época, el único viaje digno de mención se hacía sobre rieles, y mientras aguardaba en la concurrida estación de ferrocarril, una figura se materializó a su lado. La mujer era una aparición. Vestía un traje severo, de una elegancia sepia, y su cabeza estaba cubierta por un chal que parecía más un velo. Sus zapatos, de un estilo antiguo, eran oscuros y pesados. Con una mirada penetrante, se dirigió a Irma. 

—Disculpe, muchacha. ¿Conoce usted, por casualidad, a la maestra Pachita Romero?  Irma ascendiendo, con una punzada de curiosidad. 

—Perfecto —prosiguió la dama, con una voz que era casi un susurro—. Necesito un favor urgente. ¿Podría pedirle a la maestra que oficie unas misas en mi nombre? 

—Claro, pero ¿de parte de quién? 

—De parte de María Monroy. Es vital.  —el nombre la toca como un latigazo de aire frío. María Monroy. Era el mismo nombre que llevaba el colegio al que asistía a su propia hija. Irma no perdió un instante. Al llegar a Etzatlán, buscó de inmediato a la maestra Pachita y le transmitió el macabro encargo. Pachita, al oírlo, sonriendo con incredulidad. 

—¡Qué broma tan pesada, Irma! ¿Quién te ha dicho eso? 

—María Monroy...  —la maestra, molesta, se dirigió a un viejo estante y sacó una fotografía desvanecida por el tiempo, una instantánea de ella con sus colegas de años atrás. 

—Mírame bien. Aquí están todas. Dime honestamente: ¿Cuál de ellas es la que te abordó en la estación? Irma se inclinó sobre la imagen. Su dedo índice se movió sin dudar, señalando directamente el rostro de una mujer joven. Un silencio pesado cayó sobre la habitación. La maestra Pachita quedó rígida. El rostro que Irma había señalado era, sin lugar a dudas, el de la difunta María Monroy. El encargo había sido entregado. La señora del chal no había tomado el tren; simplemente había estado esperando.


Créditos a: Carlos Enrique Parra Ron.

24 septiembre 2025

Etzatlán bajo las sombras: el misterio de la mujer de blanco.

Este no es solo un relato oscuro, o un cuento para asustar niños por la noche, ni una historia que se relata con risas alrededor de una fogata. Esto me pasó de verdad, yo tuve la oportunidad de mirarla, y ella a mi.

Todo ocurrió en marzo de 2023. Aquella noche, Etzatlán estaba particularmente silencioso, como si el pueblo contuviera el aliento. 

Caminaba por la calle López Cotilla, entre Gómez Farías y Porfirio Díaz, cuando la vi. Al principio, pensé que era una figura cualquiera, quizás alguien esperando un taxi o simplemente alguien extraviado. Pero algo estaba mal… muy mal.


Allí, detrás de un Mazda B2600 estacionado sobre la banqueta oriente, se asomaba una figura femenina. 

Su piel, era tan blanca como el vestido que la cubría, y su rostro… demacrado, con el cabello parcialmente cubriéndole la cara. Lo peor: sus ojos. Negros, profundos, como si absorbieran la poca luz de la calle.

Me observaba.

Cuando notó que la había visto, se escondió rápidamente tras el cofre del vehículo. No me atreví a moverme. Sentí cómo el frío se metía en mis huesos, paralizándome. No sé cuánto tiempo pasó antes de que pudiera dar un paso más, sin dejar de mirarla. Afortunadamente, no ocurrió nada más… al menos esa noche.

Días después, mientras mi madre hablaba con una tía, escuché algo que me hizo tragar saliva.

—"Ay no, fíjate que se nos apareció una mujer —dijo mi tía—, mi esposo y yo íbamos de regreso a casa en su carro, y en el camino rumbo al Lienzo Charro, justo antes de llegar a la gasolinería, se nos atravesó una mujer vestida de blanco… no se le veían los pies. Parecía que estaba flotando. Casi la atropellábamos. Cuando volteamos, ya venía atrás de nosotros, corriendo… ¡horrible! Lo bueno es que no nos alcanzó."

La piel se me erizó. ¿Era la misma mujer? ¿Qué quería? ¿Por qué me perdonó a mí?

Desde entonces, no he vuelto a caminar solo por la noche en Etzatlán. Pero a veces… a veces creo que aún me observa, esperando que vuelva a estar solo.

⚠️ Imagen de referencia, recreada.

Por las noches, la mujer de blanco deambula por las calles de Etzatlán, en busca de las almas de aquellos que por algún motivo, se encuentren fuera de casa. Tras las sombras, te observa, inerte, silenciosa, esperando el momento exacto para abalanzarse sobre ti.

¿Tú la has visto? ¡Cuéntanos tu experiencia en los comentarios! o envía un correo a la siguiente dirección: etzatlan.jal.oficial@gmail.com

04 septiembre 2025

Cuento: ETZATLÁN. Por José Baroja.

A Sinaí «Siempre que odio y amor compiten, es el amor el que vence.» Pedro Calderón de la Barca 

Esta historia comienza con un abrazo que nunca termina, un abrazo que se convirtió en tradición entre la generosa gente de Etzatlán; un perfecto y cándido cariño entre amantes, añadiré, consumado en la plaza de armas de la ciudad; un hito que se repitió una y otra vez desde aquel lejano 31 de diciembre, hasta que todos acabaron por entenderlo como una parte indispensable del festejo de cada Año Nuevo; incluso hubo quien afirmó que de no ocurrir dicho evento, existía la posibilidad cierta y terrible de que enero nunca arribara, pues la Luna, celosa de esta historia, se detendría forzosamente al no encontrarlos allí, y el Sol, el Sol no aparecería jamás. 

Lo mismo podríamos decir acerca de ese beso prolongado que siempre lo seguía, como si uno y otro fueran parte de una misma promesa. Y quizás lo fueran, ya que allí en Etzatlán, cuando esos dos amantes se encontraban, el frío de invierno no importaba más y, necesariamente, la ciudad se transformaba en el centro del mundo; centro del mundo que comenzaba en ella y terminaba en él; centro del mundo que empezaba en él y concluía en ella. 

No obstante, antes de que ese abrazo y ese beso se constituyeran como los pilares definitivos de esta historia, hubo una primera vez, una en que el amor de esas dos almas, reencontrándose acaso después de cuántas vidas, terminó siendo más fuerte que todos los prejuicios que ya arrastraban acerca de lo que significa amar. En efecto, esa medianoche, después de solo unos cuantos días de sonrisas bobas, ideas futuras y sospechas muchas acerca de algo más grande que ellos mismos conjugándose en sus corazones, se descubrieron desnudos bajo las luces de una ciudad que esa jornada bien habría podido convertirse en el faro de todo México. 

En Etzatlán, en el ahora centro del Mundo, ambos se miraron como solo lo habían insinuado los días previos; luego se abrazaron como si no quisieran jamás soltarse, al tiempo que se desprendían de todos sus miedos solo para, finalmente, besarse, besarse hasta concebirse uno en el otro; momento preciso en que un «sí, acepto», sin iglesias, sin coros, sin gente, sin familia, sin juicios, se deslizó como real: la poesía se hizo real. Por supuesto, ambos amantes no sabían que al año siguiente regresarían; y al siguiente, y al siguiente también. 

Con el pasar del tiempo, el relato corrió como el canto de un juglar a través de todo México, país que rápido comprendió que el centro del mundo estaba allí, no en New York; allí, en medio de esa plaza hermosamente iluminada en espera de un año que seguiría ofrendándose al amor o no sería. 

Tal fue la fama que esta historia alcanzó, que, cada 31 de diciembre, muchos enamorados comenzaron a visitar Etzatlán, con la esperanza de renovar sus votos junto a esa pareja que, año tras año, se regocijaba en medio de miradas que reconocían en ellos la genuina eternidad. Por eso, el ayuntamiento, temeroso de que a la muerte de los amantes la Luna y Sol dejaran de renovar sus propios votos con nosotros, decidió instalar una bella escultura en medio de la todavía famosa plaza de armas, escultura en la que se revelaba a la pareja de amantes renovando a perpetuidad su amor en un abrazo y un beso que se prolongaba en el fino mármol; un abrazo y un beso nacidos en el centro del mundo; centro del mundo que comenzaba en él y terminaba en ella; centro del mundo que iniciaba en ella y concluía en él; centro del mundo donde la muerte ya no tenía cabida; Etzatlán, al fin y al cabo.

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[*] Escritor chileno, radicado en Guadalajara, México. Autor de El curioso caso de la sombra que murió como un recuerdo (Ediciones Oblicuas, 2018), El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (Ediquid, 2020) y No fue un catorce de febrero (Terra Ignota Ediciones, 2020) Proyecto Patrimonio Año 2021 
A Página Principal | A Archivo José Baroja | A Archivo de Autores | www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com ETZATLÁN Por José Baroja


27 agosto 2025

Leyenda del nombre de: Oconahua.

Corre la leyenda que, en su peregrinación hacia el sur en busca del lugar sagrado donde fundar su gran ciudad capital, los aztecas pasaron por el poblado de Ocohanua.

Allí, a la orilla del arroyo, unas mujeres lavaban ropa cuando de pronto un águila descendió y se posó sobre un nopal. Al verla, los aztecas se regocijaron, pues interpretaron la señal como el sitio destinado por los dioses para establecer su ciudad. Sin embargo, las mujeres del lugar, asustadas por la presencia del ave, le arrojaron agua y la espantaron.

      —    ¡Espántala con piedras, o con agua, o con agua! 

Ante ello, los aztecas entendieron que debían seguir su camino, y así continuaron su marcha hacia el sur, hasta llegar al lugar donde fundarían Tenochtitlan. Desde entonces, a Ocohanua también se le conoce como "México chiquito".

Fuente:

https://etzatlan.gob.mx/wp-content/uploads/2024/12/gaceta_3.pdf

19 junio 2025

El alma de un inocente - El niño de la Casa de la Cultura de Etzatlán.

En el corazón de Etzatlán, donde antes se edificaba la central de autobuses del municipio, hoy, se alza la Casade la Cultura. El edificio guarda ecos de otras épocas, pero no todos son ecos del pasado… algunos parecen pertenecer a un presente invisible.

Se dice que, al anochecer -cuando la luz empieza a morir-, tras los ventanales, un niño que no pertenece a este mundo hace acto de presencia. No todos lo han visto, pero sí muchos lo han sentido. 

A través de los cristales, algunos visitantes juran haber alcanzado a percibir su reflejo, incluso, haberlo fotografiado observándolos detrás del cristal de la representación de las tumbas de tiro en el museo Oaxicar. Otros, lo han visto asomarse entre los pilares de la planta baja, con una sonrisa casi imperceptible y una mirada que parece perseguirte aunque no voltees.

Ex empleados de intendencia lo conocen bien. Afirman que jugaba con ellos al cerrarles de repente las puertas, cambiar escobas de lugar o apagar las luces cuando menos lo esperan, e incluso, llegando a hacerles travesuras. 

Por la noche, en el auditorio, el niño parece divertirse con los asientos: los hace crujir al balancearlos hacia adelante y hacia atrás, uno por uno, provocando un chirrido tan claro y tan peculiar que llega a estremecer hasta al más escéptico.

Una de las ex intendentes, recuerda con un nudo en la garganta al contarnos su experiencia, aquí, su testimonio:

Otros visitantes aseguran que al asomarse por las ventanas de la planta baja, han alcanzado a percibir un rostro infantil en el reflejo del vidrio. No grita, no hace gestos aterradores… simplemente observa. Algunos lo han visto sonreír antes de desvanecerse en la penumbra.

Se dice que esta pequeña alma pertenece a un niño que habitó en la antigua casona antes de convertirse en la Casa de la Cultura. Nadie sabe con certeza qué le ocurrió, se dice que sufrió un accidente al caer de un árbol, pero todos coinciden en que sigue presente, jugando y rondando estos pasillos donde antes reinaba la calma, 

Si un día visitas la Casa de la Cultura de Etzatlán, no te asombres al escuchar un leve chirrido en el auditorio… ni te sorprendas si, al mirar de reojo hacia una ventana, alcanzas a ver un reflejo que no debería estar ahí.

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Leyenda de la Santa Cruz de Quezada

Por el año de 1879 vivía con los frailes, en el Convento de Etzatlán, el Padre Quezada quien desde su ventana veía en un cerro cercano que aparecía una luz como fuego. Por ese tiempo se explotaba en las cercanías la mina de Santo Domingo (hoy El Amparo) y sus trabajadores acudían al pueblo a hacer sus compras y algunos de ellos gustaban de quedarse en el llano a jugar baraja, a la sombra de un mezquite. En ese mismo lugar ocurrió que varios mineros perdieron la vida. Al darse cuenta el Padre Quezada la inseguridad y vagancia que se daba a la sombra del mezquite mandó derribarlo y de su madera mandó fabricar una cruz a la cual llamaron "la cruz del Padre Quezada". El religioso ordenó colocarla en el sitio donde veía la misteriosa luz y desde ese entonces se acabó la visión del fuego y terminaron los crímenes que ocurrían con frecuencia en el lugar. Esta cruz está colocada en la cima del cerro y se divisa desde lejos. Otra leyenda cuenta que la cruz de Quezada, fue puesta para alejar al maligno que se aparecía en esos rumbos ya que ahí se juntaban los mineros y los truhanes para beber, apostar y todo tipo de francachelas dónde llegó a haber muertos y peleas frecuentemente, desde la población se ve muy seguido una luz que sube y baja por la ladera del cerro y cuando llegas a donde crees que está ya se encuentra al otro lado del cerro, es el ánima de Juan minero que sube y baja expiando sus culpas desde aquellos tiempos, va con su casco, sus botas y su lámpara de carburo señalando con esta hacia el Amparo y a la cruz.

fuentes:

https://padulcofrade.com/monograficos/leyendas_y_tradiciones/cruz_de_quezada.htm

01 abril 2025

Juan minero de Etzatlán.

 

"La Luz en el Cerro de Quezada" 

En las polvorientas colinas de la región minera, donde el eco de los martillos y el retumbar de las explosiones nunca parecían cesar, circulaba una leyenda temida por todos: la de Juan Minero, el alma errante que aún buscaba su tesoro perdido. Juan no había sido siempre una figura sombría. Había sido un hombre de trabajo, un obrero leal y honesto de la empresa minera: Amparo Mining Co., encargado de transportar el mineral extraído en su recua de mulas a través del cerro de Quezada hasta el tren, que lo llevaría a la planta de procesamiento. Una ruta empinada y solitaria, entre cerros que parecían susurrar secretos olvidados. 

Una noche, mientras la oscuridad se cernía sobre el cerro, Juan fue atacado por bandidos, hombres cubiertos del rostro que lo asaltaron en el cumplimiento de su deber. Lo mataron allí mismo, entre las rocas que aún guardan la huella de su sangre, y el mineral que transportaba desapareció sin dejar rastro. Desde esa noche, la leyenda comenzó a circular: "Juan Minero había sido víctima de la codicia, y ahora su alma vaga por el cerro, en busca de su tesoro perdido." Pero la historia no terminó con la muerte de Juan. Aquella misma noche, los trabajadores del pueblo comenzaron a ver una extraña luz descendiendo por el cerro de Quezada. No era una simple lámpara, sino un resplandor tenue, amarillento, que se balanceaba al ritmo de pasos pesados. Algunos decían que era la luz de la lámpara de carburo de Juan, que aún iluminaba su solitaria marcha. Otros, los más escépticos, intentaban racionalizarlo, achacándolo a las explosiones espontáneas de los gases subterráneos, comunes en las minas de la región. Pero aquellos que habían trabajado en la mina sabían que esa explicación no era suficiente. Nadie podía negar que la luz parecía acercarse cada vez más a los pueblos cercanos, especialmente durante las noches de tormenta. Y fue en una de esas noches, cuando un grupo de jóvenes decidieron aventurarse al cerro, donde los ojos de la verdad los miraron de cerca.

- Juan Carlos Carbajal Gutiérrez

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"La leyenda de Juan Minero" 


👆🏻🔊Escucha la historia, presionando el botón de reproducción. 

La leyenda de Juan Minero, es una historia que se desarrolla en el cerro de Quezada, en la región de Etzatlán, Jalisco. 

"La leyenda de Juan Minero, una de las más conocidas en la región, pues va asociada a la importante compañía Amparo Mining Co. La leyenda relata que un empleado de la mina , de nombre Juan, era encargado de trasladar en su recua el mineral extraído mediante un recorrido por el cerro de Quezada hasta el tren. Asaltado y victimado en el cumplimiento de su deber, dio origen a la leyenda de «Juan Minero», quien a decir de la gente, aún recorre con su lámpara el cerro por las noches en busca del tesoro robado, y es posible ver la luz bajando por el dicho cerro: «se cuenta de un ex minero de las minas del Amparo Mining Co., que baja diariamente por el cerro de la Cruz de Quezada, alumbrándose con su lamparita de carburo y hasta hace poco tiempo se veía bajando a Juan Minero con su lucecita». Los enterados en estos fenómenos explican de una manera fría y concluyente que estas luces no son otra cosa que los llamados hechos comunes en regiones mineras, producto de explosiones espontáneas de gases subterráneos; definiciones que no satisfacen la imaginación de los coterráneos"

- Carlos Fregoso Gennis.

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“Se ve la luz en Etzatlán, de Juan minero” 

Autor: Desconocido. 

Fecha de publicación: 01/oct/16 

"La noche caía sobre el monte, cubriendo de negro la falda poblada de ocotes, el temblor de miedo sacudía los cuerpos de los que —llenos de valor—, se retaban a enfrentarse al ánima en pena, del que fuera en vida: "Juan Minero", del entonces mineral de El Amparo Company S. A. 

— Mira, Chon, ¡no vengas con tus cuentos, o con eso de los aparecidos!, eso ya pasó de moda… ya no existen. 

— Bueno, ¡allá tú si quieres creerme!; y si no, pues te lo dejo a tu conciencia, pero no por eso, vamos a disgustarnos y a perder la amistad que hasta ahora hemos tenido. 

— Pedro, había sonreído, para afirmar la buena voluntad de terminar con esa controversia surgida por aquel desacuerdo; ambos amigos, tomaron la vereda que los llevaría a la Cruz de Quezada, —lugar que se levanta majestuoso—, dejando ver la grandeza del pueblo de Etzatlán. Las siluetas, se deslizaban veloces entre la sobra de los gigantes o eucaliptos, que cercaban la vereda. 

La Lupe —esperaba ansiosa la llegada de Chon—, había preparado una olla de café negro, que dejaba percibir aquel olor tan perfumado, y calientito que se desprendía del hervor. Una cazuela de frijoles fritos, esperan ser sacados con la cuchara de madera, para ser depositados en el plato extendido de barro que fue quemado en los hornos de losa de los alfareros de San Marcos, Jalisco. El rojo chile, fue expuesto al paladar en el negro corazón de la piedra volcánica, que abunda en ese lugar —principalmente—, en las cercanías de Oconahua, todo esto, abría el apetito delicioso de aquella noche. 

— ¡Pásale, Pedro, a echarnos un taco, la jornada fue dura! 

— Gracias, Chon, mejor le "pego" hasta llegar a la casa. 

— Ándale, Pedro, aunque sea un taco de chile, o un jarrito de café —dijo la mujer.  

— Gracias, Lupe, pero no. 

La noche pasó tranquila, sin que nada perturbara aquella paz provinciana, solo las campanadas del reloj de la torre -en la parroquia-, rompían el silencio nocturno. 

Había transcurrido ya, más de seis meses, en la misma rutina de diario, la Lupe —con sus grandes ojos negros, como aguilotes de por acá—, parecían salirse de sus órbitas, su respiración acelerada, demostraba la gran angustia que se había despertado en su interior, angustia de miedo, que no se puede ocultar, que brota como fuego, que calcina los huesos de miedo y pavor. su Chon, no aparecía, más bien, la noche se lo había tragado. Con su enorme garganta —de tormenta—, que azotaba los árboles, contra sí mismos, desgajando sus ramas hasta darles contra el suelo. 

El viento: feroz, los goterones llenaban a todos los espacios, golpeando todo lo que existía. Los relámpagos iluminaban toda la región, con sus descargas eléctricas. Cuando de pronto, allá, en el cerro, una luz brillante que ni siquiera parpadeaba… avanzaba, ¡Es la luz de Juan Minero!, ¡Es el alma en pena, de un pecador tahúr, que quiere llegar a la gracia de Dios!  

—Ánima bendita, de Juan Minero, que encuentre mi Chon el camino, que sea tu alma lo que lo guíe, y mañana, te prendo un kilo de ocote. 

Así se cuenta, y comienza algo que tiene su fin en 1953, cuando los frailes Franciscanos, lograron hacer un exorcismo —pidiendo encerrar en cuadrante de luz—, el alma que, durante mucho tiempo, causo bienestar, y fe. Hacía mucho tiempo, que el mineral de El Amparo, estaba dando ricos yacimientos de metales preciosos, en plata, y oro. Sin tomar en cuenta a otros —de menor importancia—, la bonanza había logrado llegar al punto de mayor esplendor. 

El poder económico, había desarrollado la ya célebre Hacienda de beneficio de: El Amparo, Jiménez, y Santo Domingo, cuyo nombre, se unía a las de: La Mazata, y Piedras Bolas. Juan pertenecía a los mineros que —por su fuerza, y voluntad—, habían sido escogidos, para que desempeñaran las faenas en turno de las barrenas que, consistían, en perforar la roca con la tradicional carabina, las cachas de Trinitrato de Nitroglicerina: “TNT”, para hacerlas explotar —y abrir así—, el corazón mismo de la gran profundidad subterránea. Hábil —y dispuesto a arriesgar la vida, por una causa común, en pro de sus compañeros—, siempre buscando el bien a sus compañeros, era demasiado bondadoso, y amable. 

Ese día, barrenaron: 8 perforaciones, se colocaron también: ocho cargas de TNT, se retiraron las mechas, les colocaron los controles generales, y — cruzando los dedos—, esperaron impacientes la tan esperada explosión. Juntan piedras, con las manos, mismas, que juguetean para llevar la cuenta de las tronadas —o como ellos dicen—, todos juntan ocho, solo Juan junta siete, “él no corre como es costumbre”, ya no se lo ve jubiloso frente a todos. Mostrando las ocho piedras recogidas —en símbolo de triunfo—, solo Juan, —aturdido, y sin saber qué hacer—, miraba incrédulo las siete piedras recogidas, esto, dio tiempo a que sus amigos de cuadrilla entraran a la zona de peligro. 

Aún se percibía el olor azufroso —a pólvora—, todavía, el humo —con mezcla de polvo—, se alzaba denso, y espeso… dibujando las siluetas blancuzcas —como fantasmas emergidos del abismo minero, adentrándose a la zona de derrumbes—, su mente, reaccionó por instinto, arrojándose sobre una mecha que, encendida, alcanzaba casi la base del orificio en la roca. Se iluminaba, con los destellos que la mecha desprendida en su carrera por alcanzar la carga, transformando su chisporreo, en una amenaza mortal. Su cuerpo titánico —como base de yunque—, arrancó de tajo la mecha que sale del orificio con la carga de TNT, y en su angustia, la arrojó hacia la boca de la salida del tiro. Cuando alcanzó la distancia, la carga estalló en mil partículas, cerrando la única entrada que conducía al exterior. Con la cara, todavía perpleja, había salvado la vida de sus compañeros, mientras que él —por su parte—, se sepultó al interior, sellando su vida así, para toda la eternidad."

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30 marzo 2025

La banca de los enamorados - Historia de Etzatlán.




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En el corazón de Etzatlán -en su plaza principal, adornada con árboles frondosos y bancas de hierro forjado-, nació una historia de amor que trascendió el tiempo.

Magaly, una joven vendedora de nardos, pasaba sus días en la plaza ofreciendo ramos a los transeúntes. Su alegría era contagiosa, y su sonrisa iluminaba hasta los días más nublados. Entre los clientes frecuentes, uno en particular llamó su atención: Carlos, un joven músico que tocaba el violín en las tardes, llenando el aire con melodías que parecían susurrar secretos al viento.

Cada tarde, Carlos se sentaba en la misma banca, y comenzaba a tocar. Magaly, siempre curiosa, se acercaba poco a poco, dejando nardos a su lado sin decir palabra. 

Un día -al terminar su pieza-, Carlos encontró un pequeño nardo sobre la funda de su violín. Levantó la vista, y vió a Magaly sonriendo tímidamente. Desde ese momento, cada melodía que tocaba parecía dedicada a ella.

Pasaron los meses, y su amistad se transformó en un amor sincero. Compartieron paseos bajo la sombra de los árboles, siempre sentados en la misma banca compartiendo un helado de chocolate. Confidencias susurradas entre risas, y promesas hechas con el corazón, vieron el nacer de un bello amor. 

Sin embargo -un día-, Carlos tuvo que partir a la ciudad de Guadalajara en busca de nuevas oportunidades para su música. La despedida fue dolorosa, pero prometieron esperarse, tomándose uno del otro de las manos.

Los años pasaron, y Magaly seguía visitando la plaza, llevando consigo un nardo cada tarde. Hasta que -una noche de Diciembre-, el sonido de un violín se escuchó a lo lejos. Era la misma melodía que había conquistado su corazón años atrás. Con lágrimas en los ojos, corrió hacia la banca y allí estaba Carlos -su eterno amor-, con su violín en una mano, y un ramo de nardos en la otra.

"Nunca dejé de tocar para ti" -susurró él-, Magaly sonrió y, sin decir nada, se abrazaron bajo la luz de los faroles, mientras la plaza de Etzatlán era testigo de un amor que había resistido el tiempo y la distancia.

Se dice que toda aquella pareja de enamorados que visite la banca, conseguirá un dulce amor, verdadero, y comprometido, Así mismo, se dice que tendrán un matrimonio próspero, y lleno de amor. 


- Historia basada en hechos reales 

- Registro iniciado ante indautor, derechos reservados a su respectivo propietario. 

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Clemente Medina Blanco: un empresario y promotor social, nacido en Etzatlán.

A lo largo del siglo XX, hombres y mujeres nacidos en este municipio emprendieron nuevos caminos y, desde otras ciudades, construyeron traye...

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