Mesa Colorada se yergue como un tesoro escondido en la sierra del águila, un reducto donde la naturaleza, la historia y la imaginación se mezclan para ofrecer rincones sorprendentemente bellos y misteriosos.
Está situada aproximadamente a dos kilómetros después del mineral de El Amparo, en dirección hacia las pequeñas dunas rojas rodeadas de robles.
Etzatlán Datos interesantes Ubicación y geografía: Mesa Colorada forma parte de la zona protegida de la Sierra del Águila. Tiene formaciones naturales llamativas, como dunas de color rojo, lo cual le da ese nombre de “mesa colorada” — coloraciones rojizas que resaltan en el paisaje.
Vegetación y entorno natural: Los robles rodean la zona de las dunas rojas, y se encuentra cerca de El Amparo. La naturaleza es bastante pura, con ecosistemas de sierra, con flora autóctona que ha resistido bastante bien frente al paso del tiempo.
“Piedras Buchonas”: Entre Las Jiménez y el mineral de El Amparo hay unas rocas con forma ovalada y cuello protuberante, como si fueran buche – de ahí el nombre “buchonas”.
Piedras Bolas: Pasando El Amparo hacia Las Jiménez, antes de llegar, hay piedras esféricas enormes, algunas casi enterradas, de hasta unos dos metros de circunferencia. Están en barrancos o al pie de los cerros. Nadie sabe con certeza quién las formó, cómo llegaron ahí, ni la razón exacta de sus formas.
Etzatlán Senderismo y turismo local: Hay rutas como “Las Jiménez – Mesa Colorada – El Amparo”, una caminata de ida y vuelta de alrededor de 7.9 a 10.3 km, con desnivel positivo de unos 348-375 metros, tiempo estimado de unas 2½ a 3 horas. Vista panorámica, naturaleza, poco tránsito de gente, ideal para quienes disfrutan la aventura moderada.
Leyendas y mitos locales No todo lo de Mesa Colorada está escrito: también se guardan historias que la gente transmite de boca en boca: Origen misterioso de las Piedras Bolas: Algunos dicen que estas piedras fueron colocadas o moldeadas por seres antiguos o extraterrestres.
Otros afirman que las fuerzas de la naturaleza volcánica moldearon estas rocas, ya que la zona está en región de actividad volcánica. Hasta hoy no hay consenso entre geólogos locales o historiadores.
Lunadas y encuentros nocturnos: En las antiguas crónicas municipales se menciona que los terrenos cercanos a la carretera, bajo los viejos árboles “gigantes” que antaño se plantaron para amortiguar el ruido del tren, sirvieron de escenario para lunadas, reuniones bajo la luz de la luna, reuniones comunitarias. Se dice que esas lunadas fueron lugares de cuentos, de mensajes espirituales, de leyendas susurradas.
Visiones en las piedras: Algunos lugareños creen que en ciertas noches, especialmente con luna llena, desde los barrancos donde están las piedras bola se escuchan voces, susurros o incluso se veían luces pequeñas que danzan alrededor de las rocas.
No hay documento escrito claro que lo avale, pero es parte del folklore oral, especialmente de quienes han hecho excursiones caminando en ruta hacia El Amparo. (Relatos orales recabados localmente.)
Protección por espíritus de la sierra: Se dice que la Sierra del Águila, y particularmente Mesa Colorada, es custodiada por seres invisibles (espíritus de la sierra, aluxes o ánimas), que cuidan los robles, las formaciones rocosas, y que si alguien daña algo de manera irreverente, ocurre alguna advertencia: tormenta repentina, viento fuerte, animales alborotados.
Este tipo de historias se cuentan para respetar la naturaleza y mantener el sitio relativamente virgen. (Leyendas populares, no oficializadas.) Reflexiones finales Mesa Colorada no es sólo un paisaje: es también un puente entre lo visible y lo intangible.
Allí convergen la geología, la vegetación, la memoria colectiva y la imaginación. Las Piedras Bolas, las dunas rojas, las rutas, el silencio de los bosques, todo invita a caminar despacio, a detenerse, a escuchar el viento entre los robles y tal vez a sentir la sombra de las leyendas que todavía no han sido escritas por completo.
Si la memoria colectiva se preserva (y se sigue contando la historia), Mesa Colorada puede volverse un destino de turismo cultural, ecológico y espiritual. Un sitio donde no sólo se observa, sino se vive; donde los visitantes no sólo miran, sino escuchan lo que el campo tiene para decir, lo que las piedras guardan, lo que la sierra susurra.