Durante muchos años, agosto fue el mes más esperado por los habitantes de Etzatlán. No solo por el clima o por la vida en la plaza, sino por una celebración que llenaba de aroma y romance las calles: la Fiesta de los Nardos .
Los nardos, flores blancas de perfume intenso, crecían de manera silvestre en los cerros de la región. La tradición marcaba que hombres y mujeres subieran a cortarlos para luego venderlos en canastas en las esquinas de la plaza principal, sobre todo los domingos por la tarde.
La costumbre más recordada era la de regalar “vueltas de nardos”. Durante las serenatas de la banda municipal, los jóvenes se acercaban a las muchachas que les gustaban con un ramo en mano y les preguntaban: “¿Me regalas una vuelta?” . Si la joven aceptaba, aquel gesto podía marcar el inicio de un noviazgo.
Además, cada fin de agosto se realizó el tradicional Baile del Nardo en el Club de Leones Campestre, evento social que reunió a las familias más conocidas del municipio.
Con el paso del tiempo, muchas de estas prácticas se han ido perdiendo. Hoy ya no es común ver a los jóvenes regalar flores en la plaza, ni se organiza el baile como antes. Sin embargo, la memoria colectiva de Etzatlán mantiene viva la esencia de esta tradición que forma parte del patrimonio cultural intangible del municipio .
La Fiesta de los Nardos no solo fue un festejo floral: fue un símbolo de identidad, de convivencia y de romance para varias generaciones de etzatlenses.
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