En los archivos de la historia local y en las voces de las escuelas primarias del municipio resuena el nombre de María Monroy, maestra cuyo legado ha quedado marcado en el acervo cultural educativo de la región. Aunque persisten lagunas documentales sobre su vida personal, su nombre aparece vinculado con las primeras escuelas parroquiales de Etzatlán y como referente para generaciones de estudiantes.
Orígenes y contexto histórico:
Según la Gaceta municipal de Etzatlán, en los primeros años de la educación formal en el pueblo se mencionan escuelas parroquiales bajo la conducción de profesoras como María Monroy, María del Refugio Pacheco y María Montoya, entre otras. Esto sugiere que la maestra Monroy habría trabajado en tiempos en que la educación primaria estaba aún organizada bajo esquemas eclesiásticos o con fuerte participación de la iglesia local, en etapas tempranas del sistema educativo formal en Etzatlán.
Leyenda: "El recado de maría Monroy"
Era el final de los años cuarenta cuando Irma Tapia se dispuso a dejar Guadalajara. Su destino: Etzatlán. En esa época, el único viaje digno de mención se hacía sobre rieles, y mientras aguardaba en la concurrida estación de ferrocarril, una figura se materializó a su lado. La mujer era una aparición. Vestía un traje severo, de una elegancia sepia, y su cabeza estaba cubierta por un chal que parecía más un velo. Sus zapatos, de un estilo antiguo, eran oscuros y pesados. Con una mirada penetrante, se dirigió a Irma.
—Disculpe, muchacha. ¿Conoce usted, por casualidad, a la maestra Pachita Romero? — Irma ascendiendo, con una punzada de curiosidad.
—Perfecto —prosiguió la dama, con una voz que era casi un susurro—. Necesito un favor urgente. ¿Podría pedirle a la maestra que oficie unas misas en mi nombre?
—Claro, pero ¿de parte de quién?
—De parte de María Monroy. Es vital. —e l nombre la toca como un latigazo de aire frío. María Monroy. Era el mismo nombre que llevaba el colegio al que asistía a su propia hija. Irma no perdió un instante. Al llegar a Etzatlán, buscó de inmediato a la maestra Pachita y le transmitió el macabro encargo. Pachita, al oírlo, sonriendo con incredulidad.
—¡Qué broma tan pesada, Irma! ¿Quién te ha dicho eso?
—María Monroy... —l a maestra, molesta, se dirigió a un viejo estante y sacó una fotografía desvanecida por el tiempo, una instantánea de ella con sus colegas de años atrás.
—Mírame bien. Aquí están todas. Dime honestamente: ¿Cuál de ellas es la que te abordó en la estación? —Irma se inclinó sobre la imagen. Su dedo índice se movió sin dudar, señalando directamente el rostro de una mujer joven. Un silencio pesado cayó sobre la habitación. La maestra Pachita quedó rígida. El rostro que Irma había señalado era, sin lugar a dudas, el de la difunta María Monroy. El encargo había sido entregado. La señora del chal no había tomado el tren; simplemente había estado esperando.

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