Hay voces que no solo se escuchan… se sienten.
Voces que te acompañan en el camino, que te despiertan una sonrisa en la mañana o te hacen reflexionar cuando cae la tarde. Una de esas voces lleva nombre y corazón: José María “Chema” Alcalá Ibarra, orgullo de Etzatlán, Jalisco.
Desde pequeño, Chema parecía tener una conexión especial con las palabras. No solo hablaba: contaba, compartía, emocionaba. En su voz se percibe algo que va más allá del micrófono —una mezcla de calidez, humildad y pasión— que ha hecho que muchos lo escuchen no como a un locutor, sino como a un amigo que siempre está ahí.
Los que lo conocen saben que su talento no nació en una cabina, sino en la vida misma. En las calles empedradas de Etzatlán, entre la gente sencilla, los saludos de esquina y las historias del pueblo. De ahí viene su tono franco, su risa contagiosa, su manera de hablar con el alma. Cada palabra que pronuncia tiene el eco de su tierra y el cariño de quien nunca ha olvidado de dónde viene.
A lo largo de su camino, Chema ha demostrado que el éxito no está en la fama, sino en la huella que dejas en los demás. Ha sido testigo de historias, de tradiciones, de momentos inolvidables que ha sabido narrar con respeto y emoción. Cuando él habla, Etzatlán se escucha. Su voz lleva los colores, los aromas y la identidad de su pueblo.
Porque ser locutor, para Chema, no es solo un oficio: es una forma de vida. Es una manera de agradecerle a la vida, a su gente y a su tierra por todo lo que le ha dado. Su historia es también un recordatorio de que cuando haces las cosas con el corazón, el mensaje llega más lejos que cualquier antena.
Y esa, sin duda, es la huella más profunda que puede dejar un ser humano.
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